Samuel Baroni: «Quiero volver a los asombros de la infancia»

Con la exposición «El bosque», el artista visual rompe un silencio de 22 años, este 29 de abril en la Sala Magis del Centro Cultural UCAB. Es en ese bosque donde Baroni resume todas las artes

“El bosque es un encuentro permanente entre todos los seres. Todo lo que está en el bosque tiene una razón de ser. Es una conversación permanente con Dios, y el reencuentro con las cosas”, afirma el artista Samuel Baroni sobre su muestra El bosque, con la que regresa al ámbito expositivo después de 22 años.

“Me siento nervioso”, confiesa el artista mirandino de origen trujillano, a propósito de esta exhibición que el 29 de abril inaugura, bajo la curaduría de Humberto Valdivieso y la museografía de Agustín Villasana, en La Sala Magis de Arte Contemporáneo del Centro Cultural UCAB, dirigida por Mabel Calderín y coordinada por Yelitza Méndez.

"El bosque es una conversación permanente con Dios", dice Samuel Baroni (CORTESÍA MANUEL SARDÁ)

Paredes de vidrio y jardines circundantes, dan testimonio de la síntesis arte, naturaleza y memoria, característica de este creador que en 1970 inició su actividad, con exposiciones en Venezuela, Brasil, Colombia, Ecuador y Estados Unidos, y reconocimientos como el Primer Premio en el III Salón Avellán del Ateneo de Caracas (1975), el Premio Arturo Michelena del XLVI Salón Arturo Michelena (1988) y el Premio al Mejor Conjunto Internacional en el Festival Cagnes-sur-Mer, Francia (1996).

Se trata de una veintena de obras, pinturas, ensamblajes e instalaciones, en las que el arte renueva una relación de antigua alianza, que hoy cobra más sentido que nunca, ante la amenaza real que se cierne sobre el planeta. “Soy un profundo amante de la naturaleza”, comparte. “Dios está en nosotros, porque nosotros somos naturaleza, pero no hemos aprendido a dialogar con ella”, afirma.

El bosque reúne una veintena de pinturas, ensamblajes e instalaciones (CORTESÍA MANUEL SARDÁ)

“No hay nada más hermoso que este planeta plagado de verdes y azules” –continúa-. “¿Pero realmente lo queremos? ¿Realmente es amado por el ser que no es capaz de preocuparse por lo que nos está pasando? ¿O es que el planeta no es un ser vivo, que también tiene sus formas de hablar? ¿Lo estamos intentando? ¿Entendemos ese lenguaje extraño? En esta exposición es como si desnudásemos al bosque, como si le quitásemos la piel para dejar ver más allá”.

Recuerda, en este sentido, los trabajos finales de dos grandes creadores, el brasileño Sebastián Salgado, y los dos millones de árboles plantados en las tierras recuperadas en la hacienda de su padre que dieron origen a su último libro, Génesis, o 7.000 robles, del alemán Joseph Beuys, que cambió para siempre la cara de la Documenta de Kassel en 1982, con su proyecto de reforestación urbana.

Pero la propuesta de Baroni asume otro rumbo. La dominante presencia del negro y el blanco, en un concepto que ha denominado “inclorofila”, troncos secos, maderas corroídas, nos advierten, por el contrario, de la posible ausencia del bosque aludido, pues, como en la poesía, todo es sugerencia, metáfora, símbolo o llamada de atención sobre lo que podría no existir.

“Solamente podemos extrañar a través del mundo ilusorio, de las ausencias. En el desierto, lo primero que nos viene a la mente es el agua, porque es el gran ausente. Y de eso se trata un poco esto. No nos percatamos de la esencia de la naturaleza hasta que la perdemos”.

Las franelas desgastadas pregonan la vida de quien las usó (CORTESÍA MANUEL SARDÁ)

Troncos del aguacate que murió de tristeza, hablan de los árboles del bosque. Fragmentos de la mesa de su taller acabada por la polilla, constituyen un penetrable aéreo; restos de una embarcación hacen la metáfora del mar; el esqueleto de un piano y la caja de un violín, dejan entrar a la música. Franelas desgastadas, pregonan la vida de quien las usó; la vegetación creciendo entre el concreto, acusa el movimiento incesante de la naturaleza. Y al centro, la firma del artista en un tríptico que deja entrar un color: el amarillo.

Pero Baroni es renuente a hablar de títulos o interpretaciones. Prefiere dejar el misterio, y la libertad del espectador frente a esta obra en la que todo puede ser tema y materia, desde los materiales de su taller, o los objetos encontrados al azar, tanto como la vida misma y las memorias del artista. “Vivo en permanente encuentro”, dice.

El niño de la imagen
Aunque nacido en el estado Miranda (Cúa, 1945), Samuel Baroni lleva la impronta de la tradición de narradores orales de sus ancestros andinos. Insiste en que no es hombre de escritura, pero su voz convoca al mundo previo a su infancia, cuando el deseo de su madre cristalizó en el artista que hoy es.

“Mariíta, mi mamá, cuando tenía 12 años, por allá por La Culebrilla, en el estado Trujillo, decía que quería un hijo artista, que fuera capaz de pintar el río Moján y sus alrededores verdes. Mamá me puso un sello, y en ese sentido le he sido muy fiel porque nunca pude ser músico, aunque quise serlo, y quise ser escritor, pero no podía escribir porque me era terrorífico. Sin embargo, me gustaba mucho dibujar, porque el sonido, la parte sonora, era tremendamente reveladora. Así que pude resumir en la pintura todas las artes”.

"Pasolini decía que el arte es una gran mentira, ¡pero qué mentira tan conmovedora!", afirma el artista (CORTESÍA MANUEL SARDÁ)

“Siempre fui un niño de la imagen”, declara, recordando el carboncillo del anafre que ella le daba y le sirvió tanto para hacer sus primeros trazos sobre las bolsas de pulpería que le dejaba su padre, como para pretender evitar el bullying, intentando, como aquel San Benito andino, tiznar su blancura para evitar las burlas de los niños mirandinos.

Otro recuerdo está vinculado a su descubrimiento del dibujo, cuando aquel hombre vestido de negro llega a su casa, y le impacta con sus palabras: “Solo las piedras hablarán”. Y esa búsqueda obsesiva de escuchar el lenguaje de las piedras, hasta que el niño entendió que no hablaban, pero rayando su superficie sobre un papel, descubrió la forma y el claroscuro.

“Yo quiero volver a todo eso, a esos asombros y descubrimientos de la infancia, porque, ¿cómo te sorprendes hoy en día? Ya no existe la palabra hablada. Lo que hay son imágenes de cosas dolorosas por todas partes”.

Pero queda el arte. “Pasolini decía que el arte es una gran mentira, ¡pero qué mentira tan conmovedora! Porque si la ciencia es capaz de establecer los parámetros de la razón, el arte es simplemente la emoción, la participación de una ausencia extraordinaria”.
@weykapu

Fuente: El Universal

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